¡Cuando viva sola, lo tendré!

Y así empieza esta historia, como la de cualquiera que un día soñó con tener un perro.

Me he pasado la vida diciendo que quería uno (algo bastante más viable que el caballo que mi hermana quería meter en el patio). Pero vivía con mis padres y ellos no querían. Luego viví en pareja, y tampoco estaban de acuerdo. Y cuando por fin viví sola… tardé poco en adoptarlo.

No valoré muchas opciones, que después se fueron planteando. Independientemente de todas las afecciones que traía de serie —y las que fue desarrollando—, era un escapista de primer nivel. Y tenía otros secretillos que iría descubriendo poco a poco.

Cuando Pupas llegó, yo vivía en una casita del casco antiguo de Petrer, al final de unas escaleras, en una zona peatonal. El marco era precioso… salvo por los parroquianos de los parques, que se reunían a «dialogar». Jajajaja.

Siendo un cachorrito, lo alojé en un parque para perros con paredes, como esas cunas de camping, para evitar que hiciera pipí y caca por toda la casa. Pero pronto aprendió a salir de allí (al mes ya lo había vendido en Wallapop). El primer día que, con apenas 20 cm de alto, lo vi subido al sofá al llegar del trabajo, pensé que mi hermana había olvidado meterlo al irse… y a ella no le sentó muy bien mi duda. Jajajaja.

La casita era muy pequeña, quizá 20 m² por planta, con los espacios muy bien aprovechados y una escalera de caracol.

La primera vez que al llegar no encontré a Pupas, casi me da un infarto. ¿Cómo podía escaparse de una casa cerrada con llave? Pero entonces lo escuché llorar… ¡había subido las escaleras! ¿Y adivina qué? ¡Tiene vértigo! Sí, como lo lees. Jajaja. Así que, una vez arriba, no podía bajar, y no le quedaba otra que esperar a que alguien llegara. El problema era que nunca sabía si llevaba 10 minutos… o 5 horas. Así que, tras muchos intentos de evitar sus escaladas, acabé poniendo una valla.

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