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El principio de la parte mas cruel (parte I)
Era un 25 de enero de 2017. Había adoptado a un perro llamado Harley, de una protectora de Almería: Pupekas.
Iba a llegar por agencia de transporte a primera hora de la mañana, así que pedí permiso en el trabajo, recogí a mi hermana Reme y nos fuimos, súper emocionadas, al punto de recogida.
Aparcamos en la puerta y, rápidamente, le dije a uno de los empleados que venía a por mi perro. Me miró y me preguntó:
—¿Cuál es?
Enseguida lo vi, con esa carita de susto dentro del transportín… no decía ni media.
Lo envolvimos con una mantita, subimos al coche llenas de emoción y nos fuimos directas a mi casa para darle un baño. El pobre iba lleno de pis. En el camino lo observamos con detalle y vi que tenía una pequeña verruguita en el párpado inferior. Le dije a mi hermana que se lo comentara a Cristina, nuestra veterinaria y ángel de la guarda.
Durante el rato que estuvo en casa lo notamos tembloroso y asustado. Pobrecito… solo tenía tres meses de vida y ya había dado mil tumbos. Era normal que estuviera acojonao’.
Más limpio que la patena, mi hermana se lo llevó al veterinario y yo me fui a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin había llegado mi perro.
La primera visita al veterinario fue de lo más normal. Esa verruguita en el párpado no parecía más que una conjuntivitis, probablemente provocada por las horas que pasó en el transportín lleno de pis. Una pomadita sería suficiente.
Se comprobó el chip y toda la documentación, y quedó registrado a mi nombre en la clínica veterinaria Derrocat de Petrer. En breve, recibiría los papeles para llevar en la cartera.
Era oficialmente, dueña de un perro.
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